De una familia ordinaria a una familia misionera

“¿Te bañaste?”, “¿usaste jabón?”, le preguntó Carmen a un niño huérfano mientras asentía la cabeza para decir que sí.

Carmen Samaniego junto a su esposo Santiago tomaron dos semanas de permiso del trabajo para ser voluntarios con los refugiados sirios en Grecia, pero no sabían lo que les esperaba.

“Me di cuenta de que el niño sí se había bañado, pero había salido después de haberse dado un duchazo nada minucioso. Así que tuve que enseñarle a usar el jabón”, dijo Carmen.

Pasar dos semanas mano a mano con estos niños y familias les permitió crear un vínculo especial y escuchar el llamado que Dios les estaba haciendo.

“A medida que pasaron los meses, siempre quisimos regresar, pero por múltiples razones, nunca tuvimos la oportunidad de hacerlo”, agregó ella.

Las cosas de la vida, el trabajo y un nuevo bebé que crecía dentro de ella eran sus excusas. Sin embargo, su deseo de dar a conocer el corazón de Dios a los quebrantados, olvidados, maltratados y vulnerables, creció.

“Así que un día junto a mi esposo, decidimos volver, dejarlo todo, adoptar al pequeño Khalil que había marcado tanto mi vida, y empezar nuestra aventura entre los refugiados sirios”, agregó Carmen.

Aunque el proceso de pasar de una familia ordinaria a una misionera, fue radical para Carmen y Santiago, ahora caminan junto a su iglesia mientras sirven en Grecia para movilizar a más miembros de su congregración para trabajar con refugiados.

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