¿Cristocéntricos o egocéntricos?

¿Te ha pasado que asistes a tantas actividades y apoyas en tantos proyectos que ya no recuerdas cuándo fue la última vez que pasaste un tiempo a solas? ¿Qué tus servicios ya se volvieron rutinarios, pero no puedes dejar de hacerlo? Si la respuesta es sí, probablemente has caído en el activismo.

En un mundo que avanza y cambia y no se detiene, caemos en hacer, hacer y hacer... pero perdemos el enfoque, la meta y hasta la pasión. "Muchos, sin darse cuenta, abrazan a un Dios meramente hacedor. Al hacerlo, nos concentramos en verbos del hacer como ir, discipular, bautizar, enseñar, etc. Vemos las noticias y nos convencemos de la urgencia y la necesidad, entonces optamos por hacer grandes cosas, pero sin preocupación por nuestras relaciones", comenta Steve Moore, pastor y misionero en Perú.

"Caemos en el activismo e ignoramos los verbos relacionales de las escrituras. Llegamos a creer que nos damos a conocer como seguidores de Jesús por lo que hacemos y no por la forma en la que amamos", finaliza.

El voluntariado encuentra su razón de ser en el amor hacia Dios y, en consecuencia, el amor hacia los demás. Como vemos en la Biblia, si amamos a Dios, amamos a los otros, y una de las mejores y más puras expresiones de amor es el servicio. Al ser voluntarios, servimos a otros y, por ende, los amamos. Sin embargo, esto no siempre es así. Una de las tentaciones más comunes y fuertes a las que se enfrentan los voluntarios tiene que ver con el ego. Cuando los elogios comienzan a llegar y todos parecen halagar y reconocer qué tan “buen ejemplo” eres, qué tan buena labor estás haciendo, entre otros, se hace más difícil recordar que la base de todo y la verdadera razón por la que lo hacemos es agradar a Dios. Cruzar la línea es muy fácil. En un abrir y cerrar de ojos podrías convertirte en un arrogante y hasta engreído, alejándote del propósito original. En esos momentos, recordar por qué hacemos lo que hacemos es vital para no perder el enfoque y tambalear. Apreciar los elogios y halagos no está mal, pero debemos aprender a recibirlos de manera sana, sin que estos afecten nuestra opinión sobre nosotros mismos y nuestro servicio.

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