Decidió destruir sus ídolos
Tripty era la encargada de su barrio para organizar los festivales religiosos, su casa estaba bien decorada con ídolos de muchas de sus divinidades.
Los festivales religiosos están unidos a las celebraciones sociales, con bailes y comidas, ella es una persona muy sociable y por eso buscaba participar de la logística de estas celebraciones.
Su vida personal familiar era muy difícil, era maltratada emocionalmente por su esposo y su familia. Fue obligada a abortar a sus primeros dos hijos, lo que le impidió concebir nuevamente. Sin embargo, los que la indujeron a esa decisión la rechazaban por no poder darle hijos a su esposo. Sufría mucho por su esterilidad.
Un día, ella fue a un salón de belleza y escuchó la conversación de dos cristianas, una estaba dando palabras de consuelo y esperanza a la otra.
Tripty escuchó maravillada sobre este Dios que amaba y ayudaba, era algo nuevo para ella. Así que les pidió ayuda a estas dos mujeres y ellas la guiaron a una congregación donde ella acudió y le enseñaron sobre la Verdad.
Su proceso tomó un tiempo, pero luego ella sintió el deseo de compartir de Jesús con sus vecinos. El rechazo y persecución llegaron muy rápido. Sin embargo, ella persevera hasta la fecha y su dolor emocional ha sido sanado.
Ahora ella participa activamente en una pequeña congregación y decidió destruir los ídolos que aun guardaba en casa.
Miriam, quien sirve en Asia
Se buscan mujeres que…
Quieran vivir entre la gran población de mujeres nómadas del desierto.
Compartan con las mujeres que son esclavas, la libertad en Cristo que ellas tuvieron al conocerlo.
Enseñen a descubrir que no están solas para buscar agua, alimentar animales, barrer y concebir hijos.
Se miren de manera valiosa, no como alguien que es útil solo para sacar algún provecho.
Lleven el agua de vida que no les producirá sed jamás.
Vivan entre la arena con ellas y les muestren otra manera de vivir: con paz y con gozo.
Sientan el amor de Jesús cuando también moría por ellas.
Rían con ellas cuando se cae el gran balde con agua que llevan sobre sus cabezas.
Enseñen a otros a leer, escribir y contar.
Ayuden a otros a descubrir sus derechos (palabra que no existe en su vocabulario).
Les digan que no tienen que ser esclavas para siempre.
Las abracen con compasión
un abrazo que jamás experimentaron.
Las respeten y valoren por primera vez en sus vidas.
Las hagan sentir dignas alguna vez.
Lleguen a esos corazones que nunca se abrieron para nadie, duros como piedra, censurados, herméticos
cuyos sentimientos les hicieron reprimir por ser mujer, obligadas a no expresar nada, ni siquiera después del matrimonio.
Compartan el Espíritu Santo que consuela el dolor de ver morir tantos hijos de hambre y sed o enfermos.
Sepan escuchar a aquellas que perdieron a su madre al nacer, víctima de infecciones y hemorragias no atendidas.
Contengan a aquellas niñas tan pequeñas que han sido circuncidadas, sometidas a esta práctica cruelmente y les expliquen que es mentira, que eso no fue idea de Dios.
Curen heridas sangrantes en sus cuerpos y en sus almas.
Hablen su mismo idioma para decirles: Dios te ama, eres especial, hay otros planes para ti.
Quieran invertir sus vidas en lo eterno, dando algo para ellas.
Las abracen como un tesoro, que las traten como hermosas.
Estén dispuestas a doblar sus rodillas por estas mujeres, que son solo un objeto para la sociedad.
Simplemente quieran ir a secar lágrimas.
Cada día eleven una oración por ellas.
Deseen ofrendar para que otras vayan.
Que oren por mí que estoy entre ellas, para ser el mejor reflejo del amor de Cristo.
Se buscan, se necesitan URGENTE, porque están muriendo sin Cristo.
M.G., misionera en África