10 hijos, 30 años en misión

Cecilia Gómez, es una argentina que lleva más de un cuarto de siglo sirviendo en Japón junto a su esposo Fernando, quien murió en 2004, y sus diez hijos. Después de perder a su esposo, Cecilia decidió quedarse en el país asiático para testificar entre los japoneses.

“Los japoneses consideran que se vive mejor en Occidente, por eso les impactaba que una familia de 7 miembros, y luego los que iban naciendo, se fuera a vivir a un barrio culturalmente muy budista. Son muy reservados, pero ahí estamos junto a ellos”, agregó Cecilia.

Cecilia llegó a Japón embarazada del sexto hijo. “Luego tuve 4 más. En Japón solo se tiene un hijo o dos, pero me sorprendió no ser rechazada ni por el número de hijos ni por el de cesáreas”, dijo Cecilia.

Japón es un país de grandes contradicciones: tecnológicamente avanzado pero muy tradicional, disciplinado, con un alto concepto del honor.

“La gente vive para trabajar y permitirse los caprichos. Como no creen en la otra vida, intentan prolongar esta lo más posible con el culto al cuerpo, la vida saludable, los cuidados cosméticos, etc.”, dijo ella.

Al comienzo tuvieron algunas dificultades a nivel práctico.

“A mis hijos mayores les costó adaptarse, ya que sus compañeros se burlaban de ellos porque nuestra familia era distinta”, dijo ella.

Además, expresar tus sentimientos es un signo de debilidad.

“Llueva, haga frío, calor, estén bien o mal, siempre muestran la misma cara. Es tal el orgullo y la vergüenza que, aunque haya pobres, no se los ve por la calle y tampoco aceptan la caridad de cualquiera. El sistema y la cultura han hecho lenta la obra misionera aquí”, comentó ella.

Por otro lado, a pesar de que las múltiples cesáreas han arriesgado su vida, su esposo Fernando fue quien partió a la presencia del Señor primero.

“Dios llama a cada uno en su momento y el mío todavía no ha llegado. Fernando fue consciente de su muerte desde que le detectaron cáncer, pero eso no lo detuvo, sirvió hasta su último aliento”, comentó Cecilia.

Tras la partida de su esposo, Cecilia cayó en una pequeña depresión.

“El apoyo de mi iglesia, sus oraciones y el cuidado fueron vitales. Ver a los hijos pasarla mal es peor que sufrirlo uno mismo. Lo primero que te sale como madre es actuar como una leona para proteger a tus cachorros, pero Dios nos sostuvo”, confesó ella.

Cristo ha dado también Su sangre por Japón y quiere que conozcan Su amor.

“Tendrán el oído cerrado, al menos que vean nuestro amor y entrega hacia ellos por amor a Cristo. Por ejemplo, tras el tsunami, que ninguna de las familias en misión se marchó y eso les ha llamado mucho la atención, pues ellos, de haber podido, se hubieran ido lejos. Ahora bien, traspasar ese amor y atraer a todos los japoneses a Dios es alta gracia, y eso solo está en manos de Dios”, finalizó ella.

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