La gente pensaba que nos habíamos vuelto locos

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Cuando Teresa y Rubén Fernández les dijeron a sus 3 hijos que se iban a mudarse de Honduras a México, la única pregunta fue: “¡¿Nos vamos de vacaciones?!”. A lo que ellos respondieron que las personas con las que iban a compartir los próximos 3 años de su vida tenían problemas muy graves, como la pobreza, la adicción a las drogas o la inmigración ilegal.

Para emprender esta aventura, Teresa renunció a su puesto como trabajadora social en la administración pública y Rubén, a ser profesor e ingeniero en una escuela de formación agraria. “La misión siempre estaba en nuestros corazones, oramos y lo hablamos en familia antes de hacer las maletas”, comentó Teresa.

La decisión de este matrimonio generó todo tipo de reacciones entre las personas que los conocían. “A algunos les parecía muy bonito y valiente, pero había otros que nos decían si nos habíamos vuelto locos por sacar a nuestros hijos de su entorno”, comentó Teresa, quien subraya que estas decisiones tan radicales “son muy difíciles de comprender sin la mirada de la fe”.
Teresa y Rubén se encargaron de la pastoral familiar y sus hijos fueron la verdadera puerta para que esta familia pudiera adaptarse.

Aarón, su hijo mayor, recuerda la experiencia como una oportunidad para crecer. “Vivir allí la fe fue muy distinto a lo que vivo hoy en mi clase. Aquí estoy solo mientras que allí todos hablaban de Dios. Eso me ha enseñado que la misión no depende de la edad ni del lugar del mundo donde se desarrolle, sino que lo único importante es ser valiente”, comentó este adolescente dispuesto a repetir algún día la experiencia.

Para Teresa, la familia “no es un problema para la misión. Todo lo contrario, tiene mucho que aportar”. Sobre todo, porque en esa zona los mayores problemas estaban vinculados a la violencia doméstica y la desestructuración familiar. “La gente tiene más confianza para contarte lo que les pasa y así es más fácil ayudar”, agregó.

Alto al fuego

Se espera que los papás misioneros hagan solo “el ministerio”, pero la mamá misionera es juzgada por cómo se comportan sus hijos, qué tanto sus hijos se adaptan al campo, cuán bien educados son, qué tan saludable es su matrimonio, qué tan bien conoce el idioma local, además por cómo va su ministerio.

Necesitamos darle alto al fuego de la crítica y cuidar de las mujeres que están siendo aplastadas por expectativas poco realistas.

¿Y tú, mamá misionera, puedes dejar de sentirte culpable? No puedes hacerlo todo, pero eso no te hace débil; te hace humana.

El espejismo de la madre misionera perfecta es atractivo y peligroso. Si intentas seguirla, estarás desanimada, deprimida y exhausta. Por otro lado, si te sientes la madre misionera perfecta, serás arrogante, altanera y molesta.

La próxima vez que sientas la tentación de criticar a una madre, baja tu arma y di lo que está haciendo en vez de lo que no está haciendo.

Y tú, mamá misionera, antes de criticarte, identifica y di lo que estás haciendo en lugar de lo que no estás haciendo.

Edwin Villavicencio, peruano sirviendo junto a su familia en Honduras

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