Los Niños Mendigos

Es difícil decirle no a un niño que pide limosna. Es normal sentir compasión hacia ellos.
Como seres humanos nos preocupamos por la seguridad de los niños, lo que nos lleva a darles dinero, a modo de hacerlos sentirse bien con nuestra ayuda.
Pero hay personas que utilizan a los niños para sus propios intereses (por ese imán de generar más dinero que un adulto).
No hay que ser genios para saber que un niño no irá a la calle en busca de dinero, cuando debería de estar en la escuela estudiando o jugando con sus amiguitos en casa. Casi siempre hay alguien dándole indicaciones al niño de lo que tiene que hacer.
Estos niños deberían estar en el colegio, pero están en la calle, expuestos a todos los peligros de ahí afuera.
Ya que los niños mendigos discapacitados reciben más dinero que los sanos, los grupos criminales frecuentemente aumentan sus ganancias sacándoles los ojos a los niños o amputándoles un brazo.
Cuando los niños traficados ya son demasiado mayores para mendigar, frecuentemente incursionan en la prostitución forzada, el mercado negro de comercio de órganos, u otros terribles destinos.
El impulso de compartir nuestras bendiciones con las personas que encontramos alrededor del mundo es una cosa maravillosa y compasiva. Pero hay formas mejores de dar. Aun los gobiernos locales ponen letreros que dicen: “Tu dinero los condena a la mendicidad.”
Dar dinero a una ONG seria y responsable o a una iglesia que no sólo busque una foto muy interesante para Facebook, puede ser una mejor manera en que podemos administrar nuestra ayuda.
Asimismo, cuando veamos un niño en la calle podemos ayudarlo de muchas maneras, sin tener que darle dinero. Por ejemplo, puedes sentarte con ellos y compartir un desayuno y presentarles el Evangelio.