Tres jóvenes, un mismo pastor
En muchas iglesias hay algo que se repite más de lo que quisiéramos admitir: jóvenes con potencial, con inquietudes espirituales, incluso con cierto interés por las misiones… pero sin rumbo claro.
No todos los jóvenes están en el mismo punto. No todos necesitan lo mismo. Y ahí es donde muchas veces fallamos: tratamos a todos por igual, esperando resultados distintos.
Imagina tres jóvenes sentados en la misma iglesia, escuchando el mismo mensaje, teniendo acceso a las mismas oportunidades… pero viviendo realidades completamente diferentes.
1. El joven sin rumbo
Juan no era un joven indiferente. Todo lo contrario. Su historia comenzó como la de muchos: con un momento que parecía marcar un antes y un después.
Fue en una conferencia misionera donde sintió con fuerza que Dios lo estaba llamando. Su corazón ardía, sus ojos se abrieron a la necesidad del mundo, y por primera vez su vida parecía tener una dirección clara.
Decidió estudiar enfermería, convencido de que sería una herramienta útil para servir en el campo misionero. Sin embargo, con el paso del tiempo, las dudas comenzaron a aparecer. ¿Era realmente ese el camino? ¿No sería mejor prepararse “más espiritualmente”?
Dos años después, dejó la carrera para estudiar teología.
Al inicio, todo tenía sentido otra vez. Pero al año y medio, volvió a sentir inquietud. Esta vez pensó que lo suyo no era tanto el estudio, sino la acción. Surgió una oportunidad de servir en un ministerio médico en la selva… y la tomó.
O al menos lo intentó.
No pudo continuar porque no tenía el título necesario.
Una vez más, la frustración apareció. Otra puerta que se cerraba. Otro intento que no llegaba a concretarse.
De regreso en su iglesia, su pastor confió en él y le dio una nueva oportunidad: iniciar el ministerio de misiones. Parecía el espacio perfecto para canalizar todo lo que llevaba dentro.
Pero duró solo dos meses.
El presupuesto era limitado, el apoyo no era el esperado, y Juan, que nunca había aprendido a perseverar en medio de la dificultad, empezó a desmotivarse.
Poco a poco dejó de involucrarse.
Poco a poco dejó de intentarlo.
Lo que antes era pasión, ahora se convirtió en frustración. Y esa frustración, con el tiempo, se transformó en crítica.
Comenzó a quejarse de su iglesia, de sus líderes, de la falta de oportunidades. Pero en el fondo, lo que había era un corazón herido y confundido.
Finalmente, tomó una decisión silenciosa pero profunda: dejó de participar.
Siguió asistiendo a los cultos… pero ya no pertenecía.
Se aisló.
Juan no perdió el llamado.
Perdió el rumbo.
Y como él, hay muchos jóvenes que no necesitan más actividades, ni más eventos, ni más emociones pasajeras.
Necesitan alguien que los acompañe, que los ayude a procesar sus decisiones, a sostenerse en medio de la frustración y a entender que el llamado también se construye con constancia.
2. El joven impulsivo
Ignacio tenía 17 años cuando vivió una de las experiencias más intensas de su vida: un viaje misionero de 10 días en la selva de su país.
Fueron días suficientes para marcarlo profundamente.
Regresó diferente. Conmovido, apasionado, convencido de que eso era lo que quería hacer por el resto de su vida.
No lo dudó. Apenas volvió, comenzó a contarle a todos: a su familia, a sus amigos, a su pastor. Hablaba con emoción, con seguridad, con una determinación que parecía inquebrantable.
Quería ir a las misiones. Y quería hacerlo ya.
Pero las respuestas que recibió no fueron las que esperaba.
Sus padres, con sabiduría, le aconsejaron iniciar una carrera profesional.
Su pastor, con visión, le sugirió capacitarse en un instituto bíblico.
No era un “no”.
Era un “todavía no”.
Sin embargo, Ignacio lo interpretó de otra manera.
Se sintió frenado. Incomprendido. Como si estuvieran apagando el fuego que Dios había encendido en él.
Molesto, decidió no escuchar.
En su mente, la convicción era suficiente. El llamado era claro. Y cualquier retraso era una falta de fe.
Estaba dispuesto a ir… con o sin el apoyo de su iglesia.
Pero lo que Ignacio no lograba ver era que la pasión, aunque necesaria, no es suficiente por sí sola.
Sin formación, sin cobertura, sin acompañamiento, el entusiasmo puede volverse frágil. Puede desgastarse rápido frente a la realidad del campo.
El joven impulsivo no necesita que apaguen su fuego.
Necesita que lo ayuden a sostenerlo en el tiempo.
3. El joven “oveja gorda”
Angélica era, en muchos sentidos, el ejemplo ideal.
Responsable, dedicada, disciplinada. Destacaba tanto en la iglesia como en la universidad. Era el tipo de joven que todos admiraban.
Durante su etapa universitaria, participó activamente en un grupo cristiano. Fue allí donde comenzó a despertar en ella un interés por las misiones. Entendió la necesidad, la urgencia, la importancia de prepararse.
Y decidió hacerlo en serio.
Al terminar la universidad, inició un postgrado. Luego una maestría. Después, un instituto bíblico.
Siempre avanzando. Siempre aprendiendo. Siempre formándose.
Pero había algo que no estaba creciendo al mismo ritmo: su involucramiento.
Por la carga académica, por sus múltiples compromisos, por su enfoque en “estar lista”, fue dejando de lado la participación activa en la iglesia.
No servía.
No se involucraba.
No daba pasos concretos hacia la misión.
Sabía mucho… pero hacía poco.
Con el tiempo, su conocimiento creció, pero su experiencia permaneció casi intacta.
Sin darse cuenta, se convirtió en lo que algunos llaman una “oveja gorda”: bien alimentada, llena de contenido, pero poco activa en la práctica.
Angélica no estaba equivocada en su deseo de prepararse.
El problema fue creer que la preparación reemplaza la acción.
Porque en la vida cristiana, y especialmente en la misión, aprender y hacer no son caminos separados.
Deben caminar juntos.
En nuestras iglesias hay más de un “joven sin rumbo”.
También hay muchos “jóvenes preparados” que nunca dan el paso.
La pregunta es inevitable:
¿Estamos siendo intencionales en guiarlos?
Porque detrás de cada joven hay un potencial misionero que puede marcar la diferencia… pero necesita ser acompañado, formado y desafiado.