Adaptarse es renunciar a nosotros mismos

Adaptarse es renunciar a nosotros mismos

Adaptarse en el campo significa estar preparados para aprender. Para renunciar a nuestras perspectivas de vida, cultura, idioma, maneras de pensar o creer como se deben hacer las cosas. Y entre otras cosas que a veces resultan impensables por las cuales debamos renunciar, pero esenciales para la comunicación del evangelio donde nos encontremos.

Si nuestra impresión de otra cultura es que -no tiene sentido-, solo porque no lo entendemos, entonces podemos estar seguros que para ellos nosotros tampoco tenemos sentido. La solución siempre es empezar a aprender, llegando al campo misionero con el corazón de aprendiz, lo cual es la llave para enfrentar diversas situaciones que se puedan presentar, con certeza nos ayudará en nuestro crecimiento y madurez.

Ese corazón de aprendiz tendría que ser capaz de ser humilde, perdonar, muchas veces ser humillado, a veces burlado o estafado, etc. Porque como mensajeros de la única mejor noticia, debemos ser sensibles al transmitir el mensaje de Dios a través de las barreras culturales, pues como resultado ese mensaje se convertirá en un gran ruido transcultural. Y no lo notaremos, por lo general, en el principio, pero con certeza es así.

Cuando llegamos a Mozambique, lo primero que entendimos que debíamos hacer, era aprender la lengua materna; si bien la lengua oficial del país (portugués), ya la dominábamos con espontaneidad, pero la lengua materna como el N’dau (que es el pueblo a donde Dios

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nos envió, aquí en el país de Mozambique) aun no podíamos aprenderla, por resultar muy difícil.

Fue muy conmovedor para esos nativos hablantes descubrir que la palabra que usaban para nombrar a Dios no era en verdad Dios, y comenzaron las disputas entre ellos, preguntando “¿Quién puso Mulungu a Dios en nuestras iglesias?”, “que el nombre de Dios es Jesús o Jehová”… y después de un gran silencio y nosotros en el medio, uno de ellos dijo “nuestra cultura es muy perezosa, porque nombraron a Dios como Mulungu, cuando la palabra Mulungu la usaron nuestros antepasados para decir que el Dios del agua de arriba nos envía agua para nuestras huertas”; recuerdo que todos comenzaron a reír por tal

descubrimiento,

pero más aun

reírse de sí

mismos de

como sus

abuelos o

ese alguien o

algunos fueron

tan cómodos

de nombrar a

Dios como los

antepasados

llamaban al agua. Para nosotros aquel día fue especial, porque veíamos la puerta que Dios nos abría, para enseñarles a la luz de la Palabra, que Dios tiene su propio nombre, y a la vez es el creador y dueño de todo.

Que no existía un Dios de la lluvia, ni un Dios de la tierra, o de alguna otra cosa; sino que Dios cuyo nombre tiene poder, es el creador de todo, y dueño de todo. Celebramos ese día.

Victoria y Matías Cayo de Salta, Argentina Ministerio Alfa Bíblica (sirviendo en África Oriental con IRIS GLOBAL)

Revista VAMOS diciembre 2024

Latinos en adaptación, sus retos y resilencia

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