
De la cocina al corazón: El Día de la Galleta
Dos misioneras de SIM en Lima, Perú, preparan galletas navideñas e invitan a sus vecinos y amigos a decorarlas desde hace diez años.

En mi aprendizaje del idioma farsi siempre dedicaba los primeros cinco minutos a orar con mi maestra por su familia y su nación. Ella era una musulmana convertida, no completamente discipulada, que solo hablaba su idioma nativo. En la oración traía nombres de personas interesadas en conocer a Jesús, y durante la clase me hacía las preguntas que le planteaban a ella.
Yo conocía las respuestas a la luz de la Palabra, pero no tenía el nivel de idioma para explicarlas. Eso me llevó a diseñar esquemas visuales y pedirle que leyera los versículos bíblicos. Fue asombroso ver cómo el Espíritu Santo obraba: ella misma se fascinaba al descubrir que la Palabra respondía a sus inquietudes, y muchas veces se quebrantaba al darse cuenta de cuánto había estado engañada.
Una de sus preguntas fue: ¿por qué Jesús dijo “Yo soy el pan de vida”? Le pedí que me explicara la importancia del pan en su país y llevé un pan grande a la clase. Dos meses más tarde, ella tenía tres reuniones semanales con personas, enseñando lo que había aprendido.
Cuando la comunidad recibe la Palabra en su idioma y hemos escuchado sus necesidades de primera mano, solo falta andar en creatividad. Es vital que comprendan las bases, y es el Espíritu Santo quien abre sus ojos a través de la Palabra.
Ya sea en la iglesia, en la comunidad o en cualquier lugar donde hemos sido enviados, tres cosas son primordiales para la transformación y la multiplicación: 1. La oración. 2. Escuchar a las personas sin verlas como un objetivo. 3. Enseñarles de acuerdo con sus necesidades, siempre con base en la Palabra.
Roga, sirviendo entre la comunidad persa/iraní en Eurasia

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