
Cuatro meses, quince creyentes, un nuevo templo
Viví por un corto tiempo en un pueblo de unos 500 habitantes en una zona muy fría de Perú.

A fines de los 90 y principios de los 2000, un fanzine llamado Crazy Head logró conectar con muchos jóvenes gracias a su lenguaje irreverente y sus temas tabú. Aquello se convirtió en un movimiento llamado Regenerados y más tarde en la iglesia Adhulam. A través de exposiciones, conciertos y labor misionera, alcanzaron a toda una generación. Lamentablemente, esa iglesia cerró hace algunos años y nadie ha tomado realmente la posta.
Hoy existen iniciativas como ICafé, con un enfoque en las artes más tradicionales y hasta con su propia galería de arte o La Comunidad xAlgo en común (Instagram: la_ comunidad_algo_en_comun/) que se reúne en casas, con sana doctrina y amor por el arte en todas sus formas.
Desde mi experiencia en Adhulam aprendí que cerrarse solo a “los nuestros” es un error. Al principio llegábamos principalmente a artistas, pero cuando comenzaron a llegar familias, la iglesia creció y todos aprendimos unos de otros.
Sueño con un espacio —pequeño o en casas— que vuelva a conectar con los jóvenes a través del arte, tanto tradicional como contracultural. Un lugar donde mayores y jóvenes se encuentren, donde se usen los medios digitales con inteligencia y donde nadie sea rechazado por su apariencia.
Sueño con exposiciones, conciertos y misiones urbanas. Hay tanto por hacer, pero hacen falta personas dispuestas a decir: “Heme aquí”.
Sueño con una iglesia que, desde la sana doctrina, pueda corregir y enseñar a los jóvenes sin contaminarse con el espíritu de esta época. Una iglesia que quizá sea distinta externamente, pero internamente apasionada por Dios y Su misión.
Sé que hay jóvenes con mucho talento y corazones dispuestos a servir al Señor, pero que por falta de oportunidades no logran desarrollarse. Yo estoy dispuesto. Si tú también tienes pasión por esto, contáctame. Podemos conversar con un café de por medio.

Viví por un corto tiempo en un pueblo de unos 500 habitantes en una zona muy fría de Perú.

Por siete años participé —y luego involucré a otros obreros— en el alcance de una ONG bien establecida en la comunidad musulmana donde vivíamos.

Como familia servimos localmente en el sur de Chile, en la región de La Araucanía.