Son los mismos y a la vez no lo son

¡Cuánto gozo trae a la iglesia al recibir de nuevo a un miembro de la familia! Sin embargo, debemos tener presente que quienes regresan, no son las mismas personas que salieron.
Han aprendido, han crecido y han experimentado muchas cosas que los han marcado.
“El apoyo pastoral es necesario también cuando los misioneros regresan a sus hogares. Vuelven a su cultura de origen y a veces quedan tan consternados como cuando llegaron la primera vez al campo de labor”, dice Rudy Girón, expresidente de COMIBAM Internacional. El proceso de retorno no es fácil; así que, no debemos sorprendernos que estén emocionalmente sensibles o confundidos.
“Necesitamos sintonizar nuestro corazón, actitudes, palabras, expresiones, miradas y expectativas. NO a lo que nosotros sentimos sino a cómo ellos necesitan ser recibidos”, dice Claudia Bustamante, autora de Cuidado Integral. Pregúntales, conversen, qué prefieren hacer, qué les gustaría. No dejen de recibirlos en el aeropuerto y hacerles saber que el tiempo sí pasó pero ustedes siguen estando allí, queriéndolos como el primer día.
“Cuando el obrero vuelve a su país necesita ser escuchado. No solo cinco minutos en un culto del domingo, sino en varias oportunidades. El misionero necesita contar sus historias a las personas interesadas. Hay que hacerle sentir que la obra no es solo de él, sino de toda la iglesia y la agencia. El ser escuchado ayuda al misionero a procesar sus experiencias y a aprender de ellas”, dice Mario Loss, quien sirvió en Uruguay.
Ron y Bonnie Koteskey, autores de Regresando a casa dicen: “La transición del retorno”, que el proceso de readaptación de los misioneros dura semanas o incluso meses, durante los cuales ellos se sienten como extranjeros, como si todavía no estuvieran “en casa”.
Es por eso que obtener el apoyo por parte de quienes los reciben es fundamental. La comprensión, amor y las ganas de escuchar son necesarios cuando recibimos de vuelta a nuestros preciados obreros.