
Una propuesta difícil para el líder musulmán
La comunidad en la que vivíamos tenía 23 mezquitas. Con el equipo nos propusimos conocer cada una, compartir tiempo con los líderes y orar por ellos.

Como grupo de jóvenes, Dios habló a nuestras vidas y nos guio a comenzar un trabajo de evangelización en un sector vulnerable. Iniciamos con una campaña evangelística de una semana: por las mañanas realizábamos escuela bíblica para niños y por las tardes celebrábamos cultos evangelísticos.
Después de esa campaña decidimos continuar. Muchos de los que servíamos éramos estudiantes universitarios: futuros ingenieros, profesores, técnicos y jóvenes de distintas áreas. Pensamos en una forma práctica de servir a la comunidad y comenzamos un programa de reforzamiento escolar. Durante el verano instalábamos toldos y mesas plegables los sábados por la mañana; las mamás llevaban a sus hijos para que los ayudáramos con sus tareas y materias más difíciles. Cuando llegó el invierno, adaptamos el trabajo y empezamos a visitar las casas de los niños. Íbamos de dos en dos: uno apoyaba al niño en sus estudios y el otro compartía la Palabra de Dios con la familia.
Así trabajamos durante mucho tiempo y, por la gracia de Dios, ese esfuerzo dio fruto hasta que finalmente pudimos establecer una iglesia en ese lugar. Esta experiencia nos enseñó que el Evangelio es integral: no se trata solo de predicar con palabras, sino también de demostrar el amor de Cristo atendiendo las necesidades reales de las personas. Cuando servimos de manera práctica y genuina, abrimos puertas para que el mensaje del Evangelio sea recibido con esperanza y transforme vidas.

La comunidad en la que vivíamos tenía 23 mezquitas. Con el equipo nos propusimos conocer cada una, compartir tiempo con los líderes y orar por ellos.

Algunas vidas parecen condenadas a la oscuridad desde sus primeros pasos. Vanessa Hernaiz creció en un hogar marcado por el rechazo y la santería.

Todo comenzó en el grupo de conexión de nuestra iglesia Calvary Lima.